11 diciembre, 2006

Reconciliación, ¿para qué?

Como era de esperar, muerto Pinochet volvió a aparecer el famoso discurso que llama a la "reconciliación", cuestión que se presenta como si fuera fundamental para el país. Evidentemente un discurso de este estilo suscita dudas: ¿es acaso crucial para el orden y la integración social que los chilenos estemos reconciliados? ¿Desde cuándo y por qué tendríamos que ser todos compinches y amigotes para que el país funcione? ¿Es realmente tan negativa la división?

Está más que claro que no. El problema con todas estas buenas intenciones es que parecen aludir a una idea comunitaria y religiosa de sociedad, a un vínculo moral-emotivo supuestamente imprescindible para que el país funcione como tal. Suena tan pechoño y santurrón como el famoso "humanismo cristiano" de Piñera que me terminó por hastiar y que logró hacerme votar nulo en la segunda vuelta presidencial.

El problema del orden y la integración social debería entenderse desde un punto de vista secular. Vamos viendo. Habermas, por ejemplo, habla de la "sociedad en dos niveles": mundo de la vida e integración sistémica. Si bien en el nivel del mundo de la vida son importantes los consensos comunicativos, en el nivel sistémico no existen estos procesos de entendimiento, sino que hay "nexos funcionales" que se derivan del entrelazamiento de consecuencias no deseadas de la acción. En sociedades capitalistas, dice Habermas, el paradigma de dicho nivel de integración es el mercado. Hay ideas similares en Giddens: un nivel de integración social, que requiere copresencia entre actores recíprocos y un nivel de integración sistémica, que incluye las formas de coordinación social para las que no es necesario compartir el mismo espacio o el mismo tiempo.
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Veamos qué decía Niklas Luhmann. En teoría de sistemas se entiende a las sociedades modernas como el resultado de una progresiva diferenciación funcional; distintas áreas de la vida social adquieren lógicas propias y se clausuran, formando sistemas autorreferidos y autopoiéticos. Es cada uno de estos sub-sistemas el encargado de resolver el problema de la integración social, aunque éstos pueden acoplarse entre sí para enfrentar la complejidad del entorno. Un sistema (y por lo tanto el orden) surge cuando se resuelve el problema de la doble contingencia y esto no ocurre por un "consenso valórico-normativo", como nos decía Parsons el afamado escritor de trabalenguas, sino sencillamente con tiempo.

¿Necesitan los sistemas y las instituciones de "reconciliación" o de "reencuentro" para subsistir? Analíticamente, al menos, pareciera que no. El orden puede reproducirse sin gazmoñerías, incluso prescindiendo de la subjetividad en el caso bastante radical de la teoría de sistemas de Luhmann.Otro asunto, enteramente distinto, es que se estime que la reconciliación y la unidad nacional son propósitos moralmente deseables; nada hay de reprochable en que la acción política (y no política también) se rija por máximas éticas. Sin embargo en el nivel puramente analítico, como hemos visto, el problema es distinto.

Claro que parece ser que los políticos chilenos en masa opinan que este asunto de la "reconciliación" es de la mayor importancia, lo que revelaría que tienden a representarse el orden social desde el punto de vista comunitario-religioso: quizá esto explicaría la evidente preferencia de todos ellos por los rituales expurgatorios como el Informe Rettig (con Aylwin llorando en televisión) y la Comisión Valech, en vez de los procedimientos jurídicos, soluciones que resultan más dignas de una tribu que de una sociedad propiamente moderna (independientemente de si esto hubiera o no resultado en condena). Es cierto que hubo procesos, pero éstos comenzaron sólo después de que los ingleses nos dijeran qué hacer y en general se dieron bastantes vueltas.

Todo esto, además, sería válido en el supuesto de que los chilenos estemos efectivamente tan divididos, cuestión que también es muy discutible. Cabe la posibilidad de que los exaltados y "divididos" sean solamente los que aparecieron en televisión y que el efecto propio de los medios de comunicación nos hiciera creer que la excepción es la regla. La hipótesis es plausible: hoy día Chile seguía funcionando como siempre, el Metro marchaba, la gente trabajaba, los estudiantes estudiaban y así sucesivamente. Sólo Luz Guajardo y otros tantos se dedicaron al vandalismo.

En definitiva, el asunto de la "reconciliación" está lejos de ser un imperativo ineludible para el país. Se trata, nada más y nada menos, que de una gran hostia que nos quieren hacer tragar.

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