05 mayo, 2008

Muerte y vida

Quizás se me acuse de sociologismo, pero lo voy a decir igual: las formas de comprender la muerte son contingentes y han ido cambiando en distintas sociedades a lo largo de la historia. Declarar muerto a un sujeto ha dependido de distintos criterios en distintos lugares, situación que se mantiene hasta el día de hoy.

Por ejemplo en la antigua Grecia el criterio para definir la muerte era cardiopulmonar: lo que determinaba el deceso de una persona era que dejara de latirle el corazón. En la tradición judía, en cambio, la respiración era el criterio central para definir la muerte. Nuestras sociedades modernas, diferenciadas, complejas, tecnológicamente avanzadas y plurales enredan el asunto de la definición y esta se convierte en objeto de debate entre las distintas visiones, muchas de ellas razonables pero irreconciliables, a las que hay hacer convivir.

Algo que suele pasar hoy es que muchos invocan a la ciencia como fuente de una respuesta definitiva, verdadera e indisputable, pero eso es ingenuo. No es tan fácil. Como se afirma en el
artículo 'Muerte encafálica bioética y transplante de órganos', publicado en la Revista Médica de Chile el año 2004, "la definición es una tarea primariamente filosófica, la elección del criterio es primariamente médica y la selección de las pruebas es una materia exclusivamente médica". Es decir la muerte se define filosóficamente y la ciencia sirve para contrastar la definición con la realidad mediante pruebas rigurosas. O sea que la ciencia realmente no puede zanjar, por sí sola, de una vez y para siempre la discusión. El mismo artículo propone el siguiente criterio:

La muerte es la cesación de la vida. Siendo la vida esencialmente organización, la muerte, que es su contrario, será en esencia desorganización o desestructuración. Definiendo la muerte como la pérdida de esta organización, o el cese del funcionamiento del organismo como un todo, nos parece que la muerte completa del cerebro (muerte encefálica), representa mejor esta definición que el cese de la circulación y respiración. El encéfalo en su totalidad es responsable de la integración del organismo como un todo, y esta función integradora es más compleja que la conexión circulatoria reproducible en una preparación artificial de órganos perfundidos. Nadie diría que un decapitado está vivo, pero en ellos el corazón puede seguir latiendo por un tiempo y sería teóricamente posible restablecer su circulación y respiración artificialmente.

En Chile se acepta el criterio de muerte encefálica desde 1996, pero hay una salvedad: se usa solamente para el caso del transplante de órganos. Es decir que, según la ley 19451 (.pdf) que regula el transplante de órganos, un sujeto con muerte cerebral podría ser considerado muerto en algunos casos y vivo en otros:

Para los efectos previstos en esta ley, la muerte se acreditará mediante certificación unánime e inequívoca, otorgada por un equipo de médicos, uno de cuyos integrantes, al menos, deberá desempeñarse en el campo de la neurología o neurocirugía. (...). La certificación se otorgará cuando se haya comprobado la abolición total e irreversible de todas las funciones encefálicas.

Igual, aunque la muerte encefálica parece operar sólo para efectos de transplante de órganos, el artículo de la Revista Médica de Chile contiene una afirmación muy interesante precisamente sobre este tema:

En el trasplante de órganos convergen prácticamente la totalidad de los problemas éticos de la medicina, por lo que se lo ha llegado a considerar un micromodelo bioético, donde se adelanta el debate y la resolución de los problemas, aplicándose luego en otros campos de la medicina.

Si definimos que la vida se termina con la muerte encefálica y aceptamos que el debate sobre transplante de órganos es donde se busca respuesta a muchos dilemas de bioética, debate que luego tiene repercusiones en otras áreas, se pueden sacar algunas conclusiones. Aceptar que un sujeto está muerto para ciertos efectos, mientras que para otros no, suena absurdo. Lo mínimo que podría hacerse es uniformar el criterio y aplicarlo a todos los casos.
.
Continuando con la idea, hemos hablado bastante de la muerte pero poco de la vida; algunos dirán que hay vida humana cuando el alma entra al cuerpo, otros que desde la fecundación, otros desde la implantación del embrión, pero, ¿no sería posible usar el mismo criterio de presencia/ausencia de actividad cerebral para definir cuando empieza la vida humana?
.
.

Etiquetas: ,