21 agosto, 2008

Representaciones de lo femenino

A propósito de este post en Meditaciones Sociológicas sobre los análisis de Tironi, recordé un asunto que me resultó muy llamativo en su momento, pero que no comenté (al menos no en este triste y abandonado blog). Cuando Bachelet empezó a liderar las encuestas y luego cuando ganó la elección en segunda vuelta, las tribunas públicas se llenaron de gente hablando sobre los liderazgos 'femeninos'. Una gran parte de las caracterizaciones sobre este tipo de liderazgo fueron profusas en adjetivos laudatorios: dulces, cálidos, tiernos, conciliatorios, amables, horizontales, acogedores, abiertos, dialogantes, empáticos, emocionalmente inteligentes, etc. En muchas ocasiones a estas caracterizaciones se las contrastaba con los liderazgos 'masculinos': ambiciosos, agresivos, verticales, ejecutivos, duros, racionales, exigentes, eficientes, etc.

Para mí fue siempre un misterio (sigue siéndolo) de dónde vienen estas formas de entender lo femenino y lo masculino. Suenan afines al conjunto de dicotomías sobre las que se organiza nuestra cultura: arriba y abajo, bueno y malo, cielo e infierno, etc. También parecen tener algo de psicoanálisis pop. Incluso parecen sacadas de un libro de autoayuda, pero no tengo certeza de su origen. También ocurre que me resultan muy sospechosas.

Sospechosas, en parte, porque el poder es poder y yo estaba acostumbrado a suponer, siguiendo a Maquiavelo, que quien lo ejerza está obligado a someterse a sus leyes específicas si pretende seriamente conservarlo, más allá de los voluntarismos o de las caracterizaciones de género en blanco y negro.

Sospechosas, en fin, por ser demasiado simplificadoras y unilaterales. Afortunadamente en esa misma época estaba leyendo los cuentos misóginos de Patricia Highsmith y fueron un excelente antídoto. Ahí se puenden encontrar descripciones de lo 'femenino' bastante más desoladoras:

La idea de Sarah era matar a Sylvester a base de buenas comidas, de amabilidad en cierto sentido, de cumplir con su deber de esposa (...). Empezó a usar grasas más fuertes, manteca de ganso y aceite de oliva, a hacer macarrones con queso, a untar los sandwiches con una gruesa capa de mantequilla, a insistir en que la leche era una espléndida fuente de calcio para combatir la caída del cabello de Sylvester.

El pobre tipo no sospechaba nada, aunque había subido mucho de peso. Jugaba tenis, pero se mantenía inmóvil en la cancha, sin correr tras la pelota. Un día su mujer, harta de esperar el resultado de su plan, decidió acelerar el desenlace y le pidió a Sylvester que la llevara en el hombro al segundo piso de la casa:

Un dolor espantoso le atenazaba el pecho. Se llevó un puño al pecho y mostró los dientes en una mueca de agonía. Sarah le observaba, echada en la cama. No hizo nada. Esperó y esperó (...). Después de unos 15 minutos, Sylvester se quedó inmóvil. Sarah se durmió al fin. Cuando se levantó, comprobó que Sylvester estaba bien muerto y empezando a enfriarse. Entonces telefoneó al médico de la familia.

Nada más saludable que dejar de leer a los columnistas de los diarios de cuando en cuando.
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